1
LA MÁQUINA DE FABRICAR CUENTOS
JOAN MANUEL GISBERT (Escenarios fantásticos)

Un fabuloso recinto de atracciones se extendía a nuestros pies. Una simple ojeada me bastó para darme cuenta de que, efectivamente, era un parque fuera de lo común. No se parecía en nada a los lugares de diversión que hasta entonces había conocido.
La primera maravilla que conocí fue la máquina de fabricar cuentos.
Era una enorme cabeza que salía del suelo. Quedaba visible hasta la mitad del cuello y medía unos cinco metros de altura. Tenía el divertido aspecto de un juglar medieval con un gorro de grandes cascabeles y una sonrisa imborrable.

Junto a la cabeza, en doce grandes cajones, había una infinidad de fichas de cartón con agujeritos que tenían una palabra escrita en cada una de ellas. Unos letreros invitaban a elegir un número igual de fichas de cada cajón y a subir por una escalerilla que conducía hasta la cúspide de la cabeza. Al llegar arriba, descubrí una ranura en el gorro, como la boca de una hucha gigante.
Siguiendo las instrucciones, introduje las palabras que había escogido por la hendidura.

Las fichas-palabra que había seleccionado al azar eran las siguientes:
CARTÓGRAFOS, FORMANDO, PARQUE, RESCATADO, AQUEL, GEOGRAFÍA, HOMBRO, VECES, DIBUJANTE, DONDE, PEQUEÑA, FORMANDO, REPARO, GRACIAS, LA, PRIMEROS, MARAVILLOSO, ENTERARSE, SE, LAS, PUSIERON, AIRE, MAPA, NEGRO, TIEMPO, TRABAJO, DIBUJADO, DIMINUTO, TRISTES, NUEVECASAS, MERECÍA, PUNTITO, UNIÓN, QUE...

Yo me preguntaba qué podría salir de aquel galimatías. Pero tan pronto como las fichas estuvieron dentro, sus ojos se iluminaron y la boca empezó a moverse. Sorprendido, escuché esta historia:
Érase una vez un país muy pequeño que estaba preparando su nuevo mapa. Los cartógrafos fotografiaron todo el territorio desde el aire para no olvidarse de ningún detalle, por diminuto que fuese. Y así después de muchos meses de trabajo, el mapa quedó dibujado.
Pero sucedió que había en aquel país una minúscula aldea abandonada, NUEVECASAS, formada por unas pocas cabañas, donde los niños de la comarca se reunían para jugar.

Como era tan pequeña, pasó inadvertida a los geógrafos y no salió en el mapa. Al enterarse, los niños se sintieron muy tristes. Querían que NUEVECASAS apareciese. Ellos se consideraban los nuevos pobladores de la aldea. NUEVECASAS volvía a vivir y merecía ser citada en las geografías.
Para conseguirlo, pusieron en marcha un ingenioso plan. Siempre que estaban allí reunidos y oían que se acercaba un avión, se colocaban formando una gran piña, hombro con hombro, pecho contra espalda, cabeza junto a cabeza.
Como en aquella zona tenían todos el pelo negro, desde el aire se veían las cabezas juntas formando un puntito negro. Y tantas veces lo hicieron, que la noticia llegó hasta los dibujantes y acudieron en un helicóptero para verlo personalmente.

Y así, gracias a la inspirada unión de los niños que jugaban en NUEVECASAS, se reparó la omisión. En el mapa apareció un puntito negro acompañado de un rótulo que decía: NUEVECASAS. Y, con el tiempo, se llegó a construir junto a la aldea un parque infantil al aire libre, al que acudían gentes de todo el país, en recuerdo de los primeros niños que habían rescatado del olvido el lugar maravilloso de sus juegos.
Acabado el relato, la cabeza enmudeció y expulsó las fichas-palabra a través de unos tubos transparentes que conducían a los cajones. Al mismo tiempo, salió de la boca un papel que tenía escrito el cuento que había escuchado.

Comprobé que en él intervenían todas las palabras introducidas en la ranura.
Una nota decía:
En el interior de la máquina de fabricar cuentos hay un ordenador programado para emitir 50.000 cuentos distintos, que son los que pueden obtenerse de todas las combinaciones posibles entre las palabras que hay en los cajones. Pero la máquina no inventa las historias, solo las almacena en sus circuitos, en su memoria. Los cuentos han sido inventados por los constructores del parque del Arco Iris.


Tú puedes hacerlo también. Con el conjunto de palabras que conoces, y con las que irás aprendiendo, pueden inventarse infinidad de narraciones.
Todas duermen en el fondo de tu cabeza; esa sí que es una verdadera máquina de fabricar cuentos, que no tiene más límite que tus deseos de ponerla en funcionamiento. El significado de esta atracción es recordártelo, aunque quizá ya lo sabías.

Joan Manuel Gisbert nació en Barcelona en 1949. A los doce o catorce años ya tenía el instinto de escribir, pero no fue hasta los veintiocho años que ese impulso se convirtió en la actividad más importante de su vida. La prematura muerte de su padre le obligó a hacer estudios de grado medio con el fin de ponerse a trabajar lo antes posible. Empezó a colaborar con distintas editoriales, lo que le hizo conocer el medio de primera mano. Se fue a París y allí estudió teatro. Cuando regresó a Barcelona, en 1979, publicó su primer libro: Escenarios fantásticos. En 1980 ganó el premio Lazarillo con La isla de Tókland, figuró en la Lista de Honor del Premio Andersen el mismo año y se consagró como autor representante de una literatura fantástica dirigido al público infantil y juvenil. Necesitaba la fantasía como extensión de la realidad. Escribió sobre seres y lugares fantásticos, inexplorados publicando Leyendas del Planeta Thamyris y El museo de los sueños, con el que recibió el premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 1985.
Revisado por: Alfredo Rodrigálvarez Rebollo